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viernes, 19 de agosto de 2011
miércoles, 18 de mayo de 2011
Y darle la vuelta al reloj de arena...
Invertir el proceso. Que vuelva a caer cada pequeño grano, lentamente.
Démosle vueltas al reloj de arena. Una y otra vez.
Démosle vueltas... hasta que nos cansemos de la música... Hasta que nos cansemos de bailar...
Haz sonar el violín para mí... hasta que nos cansemos de girar.
Hasta que toda la arena haya caído, y ya no quede más; y el tiempo se detenga, y ya sólo exista el sonido de esas cuerdas, y la imagen en el aire, de cómo solíamos danzar.
[Inspirado por el corto "El músico y la muerte" (Muzikant a Smrt), de Lubomir Benés.]
Démosle vueltas al reloj de arena. Una y otra vez.
Démosle vueltas... hasta que nos cansemos de la música... Hasta que nos cansemos de bailar...
Haz sonar el violín para mí... hasta que nos cansemos de girar.
Hasta que toda la arena haya caído, y ya no quede más; y el tiempo se detenga, y ya sólo exista el sonido de esas cuerdas, y la imagen en el aire, de cómo solíamos danzar.
[Inspirado por el corto "El músico y la muerte" (Muzikant a Smrt), de Lubomir Benés.]
martes, 17 de mayo de 2011
¿Irse en silencio?
La niebla de los ojos parece evaporarse, el frío de los labios comienza a mitigarse. Alzo la mirada, pero sigo sin conseguir ver nada en medio de esta luz sin color. Otra vez estoy buscando sin buscar nada. ¿De nuevo me hago las preguntas equivocadas? Tanteo a mi alrededor, deslizando las manos en el vacío, rompiendo con suavidad el aire. No sé si me siento ligera o me siento pesada. No sé si el dolor lo causa tu ausencia o tu presencia. La luz empieza a aclararse, volviéndose grisácea, como si vieses un anochecer nublado tras una pantalla de cine. Una luz fría que entumece los sentidos. Pero al menos ahora veo qué me rodea… ¿veo o imagino? Siento que te alejas, que te acercas, que no llegas… Y me miras desde lejos, pero apartas la mirada. Rozo el suelo con los pies, y me siento con delicadeza, tratando de ocultarme al encogerme, ocultarme de una mirada que no se posa en mí, que no me pertenece, (¿o sí?). Todo vuelve, -las pesadillas, los temblores, las lágrimas derramadas sin control, las voces en mi cabeza (susurros de gente que no hablaba), la sangre en mis labios…, y el dolor, ese dolor que me impedía respirar y que fue lo que me volvió como fui…como soy.
Contemplo el agua, frente a mí, susurrando mi nombre como si fuese una palabra olvidada.
La figura de un reflejo se forma en el agua, mirándome. Por un instante me volvió a latir el corazón, pensando que tus ojos se dignaban a fijarse en mi presencia, pero la imagen no era tuya. Un rostro familiar y extraño me observaba desde el agua. Su pelo intentaba tapar su cara, llena de sangre, sangre de sus lágrimas. Me asusté; intenté gritar pero no pude, estaba sumergida en la mirada de la criatura. ¿Otra macabra pesadilla? Observada por un reflejo de mi cuerpo, un reflejo de mí misma. Me agarró con toda la fuerza que parecía tener, (a pesar de no ser mucha, sus uñas arañaron mi piel). Apoyándose en mi brazo se incorporó, salió del agua, escurriendo gotas que caían por su cuerpo, por el mío. Jadeaba. Me miraba, con una especie de tristeza y odio. Abrió la boca, y un grito, un grito silencioso, sin sonido, se coló en mi interior, destrozándome completamente por un instante.
Cerré los ojos, para apartar el ruido. Cuando los abrí ya no estaba.
Otra situación que no sé controlar. ¿De vuelta al frío? Pensé que no volvería a pasar. ¿Por qué? Seguro que tu también te lo preguntas… ¿O no lo sabes? ¿O no te importa? Quizá no importe en sí… Un hecho más. ¿Será lo mismo? ¿Será peor? ¿Será?
(No sé si preguntarme, no sé si dejar. No sé si quiero saber, no sé si quiero ignorar.)
Tus miraditas..
Ellos nunca me entendieron, claro. Cuando dije que te quería demasiado pude considerarme afortunada, incluso cuando me hiciste daño, incluso a estas alturas creer que yo no valgo es tan estúpido como impertinente. Y... bueno, cuando me faltes siempre tendré tu idiota sonrisa en la cabeza, como la del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Esa sonrisa tan burlona, esos ojos castaños y densos con vetas negras... no paro de hablar de ti, esto es una mierda, ¿por qué echarte de menos no funciona? Dicen (o eso he oído de la tía más estúpida y amante de la hipocresía que he conocido jamás) que cada vez que pronuncias o piensas en el nombre de alguien esa persona siente cómo le pitan los oídos. Así que sólo espero que no te quedes sordo por mi culpa... no sé cómo seguirías con tu preciosa música entonces. A estas alturas todo el mundo debe saber ya a quien me refiero, pero a no ser que seas una persona muy detallista y que al contrario de lo que pienso y de lo que parece, me quieras de verdad... eso significaría que nunca entrarías aquí, nunca verías lo que hay más allá de mi ropa extraña... Y ya ni siquiera sé cómo continuar. Cierro mis ojos y noto lo mucho que me escuecen. No quiero que vuelva a pasar. Me prometí a mí misma no llorar, no volver a abrir mi corazón de esas formas... lo abro sólo para aquellas personas a las que quiero... tú ya te hiciste tu hueco, lo malo es que no te vas. Y esto es simple desahogo. ¿Cómo me deshago yo del vacío? Lléname. Cólmame. No pudiste hacerlo cuando tuviste la ocasión... jódete. Sigue mirándome. Saldré adelante contigo o sin ti. Me dejaste pasar... lo siento por ti cariño, de veras que lo siento, compórtate y dime las cosas a la cara. No soporto tus miraditas, me gustan demasiado...
Ojos que no descifran...
Esa llamada que nunca llega. Ese beso que nunca te roza. Ese abrazo que no sabes si te llenará. Ese amor que no sabes si se acerca o se aleja. Ese sabor a marchito recorriéndote la garganta... Tan extraño y tan sincero...
Por encima de todas las emociones, la incertidumbre es la más sincera. ¿Por qué? Porque no nos dice nada. Nos pone el corazón a mil por hora, y tu vida se debate en un blanco y negro puramente existencial. No es ni felicidad ni tristeza. No es ni alegría ni pena. Es un, "¿qué es?" que te agobia y te llena.
Y como todas las verdades de este mundo, intentamos evitarla a toda costa. Maldita sea ella y la sensación que deja sobre nuestro cuello.
La seguridad nos dice que el tatuaje nos gustará siempre, cuando sabemos que es mentira.
La tristeza nos dice que todo saldrá mal, cuando sabemos que es mentira.
Y la única que nos dice que el mundo no es como nosotros pensamos, que no nos miente al fin y al cabo, es la que debe desaparecer.
Pero cuando surge... Ten cuidado. Contrólate, y simplemente déjate llevar. Lo que tenga que llegar llegará, nos guste o no.
A qué sabrán esos labios... Latidos del corazón a mil por hora al pensar en ciertos ojos... esos que no comprenden los caminos que se les abren... esos que no descifran del todo esos mensajes...
-Si la incertidumbre desaparece, quiere decir que lo sabremos todo... que no habrá duda...
Y alguien dirá:
¿No sería eso aburrido?
No. Sería el fin del mundo.-
Como un día de niebla constante... =) Pero sale el sol al pensar para qué besarte...
Sentía la hierba húmeda bajo mi cuerpo, ondulándose con el suave viento que parecía bailar a mi alrededor. Apenas se oía su susurro, casi parecía tratar de ser sigiloso. Abrí los ojos, para ver de qué se escondía, por qué trataba de pasar desapercibido, pero no conseguí ver nada apenas. La luz parecía proceder de la tierra sobre la que estaba posada, una luz sin color, pero que parecía desprender un suave blanco puro. Volví a cerrar los ojos, y un ruido comenzó a investigar mi cuerpo, un sonido extraño, con un timbre metálico similar a un millón cristales diminutos cayendo del cielo lentamente, y estrellándose en el suelo con delicadeza. Piezas demasiado pequeñas para juntarse y reconstruir algo, pero lo suficientemente afiladas para cortar. Volví a intentar fijar la mirada en algo, y conseguí ver a través de la extraña luz. Las hojas muertas descansaban en el suelo, como agotadas tras haber descargado una gran cantidad de ira al haber sido arrancadas de sus ramas. La niebla trataba de mantener encerrado al cielo sobre mí, ocultando algo que quizá no debería ver.
Puedo llamarte sin hablar…. ¿O no me oyes? ¿O no me escuchas?
Sueños... Metáforas... A veces poco es mucho... Finales cambiados (al menos para la imaginación)
Calidoscopio...
Calidoscópica...
Calidoscópicamente...
...Solo hace falta girar la rueda o cambiar de luz, para que cambie el paisaje.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------
Iba caminando por la carretera, bajo esa luz casi negra que parece ser permanente, impasible al paso de las horas, de las estaciones, cuando comenzó a formarse una capa muy fina de agua. Tú me mirabas desde la acera contraria, con preocupación brillando en tus ojos.
Pensé que el agua era a causa de la lluvia, pero no llovía. Fijé la vista en el suelo, tratando de ver más allá, bajo el asfalto, y sin saber como podía verlo, me percaté de que bajo el cemento todo era agua, como un océano gigantesco sepultado bajo el camino artificial. Sería ese mismo agua, que calaba, lo que mojaba la carretera. Levanté la cabeza y vi que tu mirada seguía fija en mí, atravesándome por completo, y a la vez produciéndome la desagradable sensación de que no me veías.
A medida que avanzaba, parecía que mis pies se hundían más, y de pronto, con uno de los pasos que di, me sumergí por completo, como si acabase de tirarme y hundirme en una piscina. El agua estaba congelada, aunque a veces pasaban junto a mi cuerpo corrientes cálidas que me confundían. Aguantando la respiración, cerré los ojos por un instante. La imagen que atravesó mi mente fue únicamente de tus ojos. ¿Por qué estaba preocupada por ti, siendo yo la que estaba bajo el agua, sin poder respirar? Alcé la mirada con ansiedad y descubrí que seguías ahí, mirándome, esta vez casi con dolor. Por un momento dejé de sentir el agua a mi alrededor. Te habías acercado al borde, y tenías un brazo extendido, ofreciéndome tu mano. Inclinabas tu cuerpo hacia delante, en un amago de venir hacia mí, a sacarme, pero no llegabas a saltar.
Mi pelo flotaba a mi alrededor, suspendido, y mis brazos y piernas estaban paralizados. No pude aguantar más el aire, por lo que abrí la boca y lo dejé escapar todo, haciendo salir burbujitas. Por alguna desconocida razón, no me ahogaba.
Comencé a nadar, decidida sin saber por qué, hacia lo más profundo. Miraba hacia abajo, y todo lo que veía era completa oscuridad. (¿Por qué iba hacia allí?)
Nadaba, nadaba, llegué a adentrarme en aquella absoluta falta de luz, en la negrura, pero nunca tocaba tierra.
Entonces, aunque no se veía nada, vi un montón de preciosas mariposas pasar frente a mi cara. Unas eran doradas y plateadas, otras eran malvas. Algunas rozaron mi rostro con sus alas, como una suave caricia inesperada.
De pronto las mariposas se fueron, apresuradas, terminando su hermosa exhibición con brusquedad. Algo me rozó y me asusté, dando un espasmo en el agua. Me di la vuelta y entrecerré los ojos, tratando de ver bien cuanto me rodeaba, pero solo había agua, oscuridad, inmensidad rodeándome.
Una tenue luz comenzó a llegar desde algún punto en el fondo, permitiéndome ver que lo que me había rozado era tan solo un pequeño grupo de flores azules y amarillas. Una dulce melodía, suave, interrumpida, con unas cuantas notas sueltas acá y allá, que erizaba la piel, comenzó a llegarme desde el mismo lugar del que provenía la luz. Sentí que los ojos comenzaban a brillarme. Miré de nuevo el agua jugando con mi pelo, con mi corto camisón blanco, y las burbujas que salían por mi nariz y mi boca. Miré hacia arriba preguntándome de nuevo donde estabas, pero ya solo había oscuridad sobre mí.
Seguí nadando, hasta que estuve justo suspendida sobre el lugar del que procedía la luz. Ahora, de cerca, ya distinguía el lugar. Una verja de hierro, unos cuantos árboles, altos y hermosos, pero de aspecto frágil. Posé los pies en la tierra. Podía caminar por el fondo sin subir a la superficie, aunque mi ropa y mi pelo continuaban flotando libremente en el agua.
Di unos cuantos pasos, y comencé a distinguir pequeñas lápidas de piedra entre los árboles. A medida que avanzaba más, las tumbas aumentaban en número; había algunas más grandes, otras más pequeñas, e incluso las había que estaban custodiadas por hermosos ángeles de piedra de rostros melancólicos. Comenzaron a aparecer mausoleos en los laterales, que se entreveían entre los árboles. Me acerqué a uno de los bordes del cementerio, pegándome a los troncos. Tras las criptas solo se veía la misma oscuridad de antes. Seguí caminando, fijándome en las velas y flores, y en los símbolos e inscripciones que decoraban las paredes de fría piedra de las sepulturas.
De repente me quedé paralizada. Notaba algo en mi nuca, como agudos pinchazos constantes hiriéndome la piel. Me di la vuelta y se me heló la sangre. Estaba allí, parado, como una estatua más, vestido completamente de negro, mirándome con unos extraños ojos, rojos, de expresión triste, que quemaban como el hielo. “Que chico tan extraño…” Tenía la cara pálida como un halo de luna, fragmentada, rota, como si fuese un puzzle del que habían colocado las piezas, pero no las habían encajado. Su cuerpo parecía interrogarme.
Comencé a llorar, sin explicación aparente. Observé cuanto me rodeaba, y caí en la cuenta de que ya no estábamos en el cementerio; nos encontrábamos de nuevo en medio del océano de oscuridad, donde no se veía nada. Y a pesar de no ver nada, a él le seguía viendo, continuaba distinguiéndole a la perfección. Pero aunque permanecía viéndole, por un motivo que no llego a imaginar, mi boca no dejaba de articular las palabras “ojala pudiera verte”, mientras mis lágrimas seguían ahogándose en el agua.
Entonces se acercó, y con toda la delicadeza del mundo apartó las lágrimas de mis pómulos con el dorso de la mano. Su tacto era como el de un fantasma; apenas me rozaba, pero a la vez me atravesaba. No podría decir si su piel era fría o cálida, pues no podía distinguirlo.
Tenía el absoluto convencimiento de que no podía oírle, sin embargo escuché su voz dentro de mi mente, suave y susurrante: “podrás verme, y estar conmigo…siempre” Como en una especie de eco, volvió a llegarme la música, a la vez que él pronunciaba esas palabras. La melodía parecía tener voz a su vez, diciendo con un sonido tintineante y agudo apenas audible “yo leo tu mente, tú escuchas mis palabras…”
“Yo quiero estar contigo”, dibujó mi boca. Sabía que podía entenderme. “Siempre lo quise. Pero tú no deseas estar conmigo” No pretendía afirmar la última frase, pero algo hizo que las palabras escaparan de entre mis labios, aunque ni siquiera comprendía por qué estaba tan segura de algo así. “¿Acaso anhelas mi compañía?”
De repente una luz muy brillante, procedente de las llamas de varias velas que ardían con fuerza a pesar del agua arremolinándose sobre ellas, iluminó una cripta a unos pocos pasos de donde estábamos, y la bandada de mariposas con la que me topé hacía un tiempo (no sabía exactamente cuánto), se introdujo por la rendija que dejaba la puerta entreabierta, (“deja a las mariposas llorar, déjalas llorar por ti…”)
Y yo, sin saber por qué, fui detrás. Lentamente, como si desease entrar, pero a la vez me resistiese. “Entra, y pronto podrás verme…”
Un olor extraño, acariciante y agradable, llegó hasta mí (por fin un aroma, no había percibido ninguno desde que me adentré en el agua y dejé de apreciar tu olor…) Una duda traspasó mi alma de pronto… “¿por qué ya no estoy preocupada por ti?”; pero el titubeo se desvaneció entre las gotas de agua, como una pequeña llamita sin fuerzas para brillar.
Alcancé la puerta, la abrí más, hasta casi la mitad, y eché un vistazo dentro. Se distinguía una luz gris, gris muy claro, como de un hermoso día nublado, pero luminoso, sin que el sol asomase por entre las nubes rompiendo la magia. Sabía que allí dentro si que no podría respirar, que iba a morir si me encerraba allí con aquel extraño ser, (¿por qué iba a confiar en él?). Puse un pie más allá del umbral de la losa de piedra que conformaba la puerta, y note su mano introducirse en la mía. Su tacto seguía siendo volátil, sin embargo parecía un tanto más consistente. Las piezas de su cara parecían comenzar a caer, empezando a dejarme vislumbrar un resplandor verde en sus ojos, (tremendamente similar al de los tuyos, solo que más brillante, más presente), y una tenue sonrisa en su boca –triste, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
Fue en ese instante, cuando me di cuenta de que no importaba el aire, no importaba el agua, ni la luz ni la oscuridad, ni la vida ni la muerte, no importaba nada, si él iluminaba mi mundo privado con su sonrisa.
Y entonces entré, y la puerta se cerró tras de mí.
Calidoscópica...
Calidoscópicamente...
...Solo hace falta girar la rueda o cambiar de luz, para que cambie el paisaje.
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Iba caminando por la carretera, bajo esa luz casi negra que parece ser permanente, impasible al paso de las horas, de las estaciones, cuando comenzó a formarse una capa muy fina de agua. Tú me mirabas desde la acera contraria, con preocupación brillando en tus ojos.
Pensé que el agua era a causa de la lluvia, pero no llovía. Fijé la vista en el suelo, tratando de ver más allá, bajo el asfalto, y sin saber como podía verlo, me percaté de que bajo el cemento todo era agua, como un océano gigantesco sepultado bajo el camino artificial. Sería ese mismo agua, que calaba, lo que mojaba la carretera. Levanté la cabeza y vi que tu mirada seguía fija en mí, atravesándome por completo, y a la vez produciéndome la desagradable sensación de que no me veías.
A medida que avanzaba, parecía que mis pies se hundían más, y de pronto, con uno de los pasos que di, me sumergí por completo, como si acabase de tirarme y hundirme en una piscina. El agua estaba congelada, aunque a veces pasaban junto a mi cuerpo corrientes cálidas que me confundían. Aguantando la respiración, cerré los ojos por un instante. La imagen que atravesó mi mente fue únicamente de tus ojos. ¿Por qué estaba preocupada por ti, siendo yo la que estaba bajo el agua, sin poder respirar? Alcé la mirada con ansiedad y descubrí que seguías ahí, mirándome, esta vez casi con dolor. Por un momento dejé de sentir el agua a mi alrededor. Te habías acercado al borde, y tenías un brazo extendido, ofreciéndome tu mano. Inclinabas tu cuerpo hacia delante, en un amago de venir hacia mí, a sacarme, pero no llegabas a saltar.
Mi pelo flotaba a mi alrededor, suspendido, y mis brazos y piernas estaban paralizados. No pude aguantar más el aire, por lo que abrí la boca y lo dejé escapar todo, haciendo salir burbujitas. Por alguna desconocida razón, no me ahogaba.
Comencé a nadar, decidida sin saber por qué, hacia lo más profundo. Miraba hacia abajo, y todo lo que veía era completa oscuridad. (¿Por qué iba hacia allí?)
Nadaba, nadaba, llegué a adentrarme en aquella absoluta falta de luz, en la negrura, pero nunca tocaba tierra.
Entonces, aunque no se veía nada, vi un montón de preciosas mariposas pasar frente a mi cara. Unas eran doradas y plateadas, otras eran malvas. Algunas rozaron mi rostro con sus alas, como una suave caricia inesperada.
De pronto las mariposas se fueron, apresuradas, terminando su hermosa exhibición con brusquedad. Algo me rozó y me asusté, dando un espasmo en el agua. Me di la vuelta y entrecerré los ojos, tratando de ver bien cuanto me rodeaba, pero solo había agua, oscuridad, inmensidad rodeándome.
Una tenue luz comenzó a llegar desde algún punto en el fondo, permitiéndome ver que lo que me había rozado era tan solo un pequeño grupo de flores azules y amarillas. Una dulce melodía, suave, interrumpida, con unas cuantas notas sueltas acá y allá, que erizaba la piel, comenzó a llegarme desde el mismo lugar del que provenía la luz. Sentí que los ojos comenzaban a brillarme. Miré de nuevo el agua jugando con mi pelo, con mi corto camisón blanco, y las burbujas que salían por mi nariz y mi boca. Miré hacia arriba preguntándome de nuevo donde estabas, pero ya solo había oscuridad sobre mí.
Seguí nadando, hasta que estuve justo suspendida sobre el lugar del que procedía la luz. Ahora, de cerca, ya distinguía el lugar. Una verja de hierro, unos cuantos árboles, altos y hermosos, pero de aspecto frágil. Posé los pies en la tierra. Podía caminar por el fondo sin subir a la superficie, aunque mi ropa y mi pelo continuaban flotando libremente en el agua.
Di unos cuantos pasos, y comencé a distinguir pequeñas lápidas de piedra entre los árboles. A medida que avanzaba más, las tumbas aumentaban en número; había algunas más grandes, otras más pequeñas, e incluso las había que estaban custodiadas por hermosos ángeles de piedra de rostros melancólicos. Comenzaron a aparecer mausoleos en los laterales, que se entreveían entre los árboles. Me acerqué a uno de los bordes del cementerio, pegándome a los troncos. Tras las criptas solo se veía la misma oscuridad de antes. Seguí caminando, fijándome en las velas y flores, y en los símbolos e inscripciones que decoraban las paredes de fría piedra de las sepulturas.
De repente me quedé paralizada. Notaba algo en mi nuca, como agudos pinchazos constantes hiriéndome la piel. Me di la vuelta y se me heló la sangre. Estaba allí, parado, como una estatua más, vestido completamente de negro, mirándome con unos extraños ojos, rojos, de expresión triste, que quemaban como el hielo. “Que chico tan extraño…” Tenía la cara pálida como un halo de luna, fragmentada, rota, como si fuese un puzzle del que habían colocado las piezas, pero no las habían encajado. Su cuerpo parecía interrogarme.
Comencé a llorar, sin explicación aparente. Observé cuanto me rodeaba, y caí en la cuenta de que ya no estábamos en el cementerio; nos encontrábamos de nuevo en medio del océano de oscuridad, donde no se veía nada. Y a pesar de no ver nada, a él le seguía viendo, continuaba distinguiéndole a la perfección. Pero aunque permanecía viéndole, por un motivo que no llego a imaginar, mi boca no dejaba de articular las palabras “ojala pudiera verte”, mientras mis lágrimas seguían ahogándose en el agua.
Entonces se acercó, y con toda la delicadeza del mundo apartó las lágrimas de mis pómulos con el dorso de la mano. Su tacto era como el de un fantasma; apenas me rozaba, pero a la vez me atravesaba. No podría decir si su piel era fría o cálida, pues no podía distinguirlo.
Tenía el absoluto convencimiento de que no podía oírle, sin embargo escuché su voz dentro de mi mente, suave y susurrante: “podrás verme, y estar conmigo…siempre” Como en una especie de eco, volvió a llegarme la música, a la vez que él pronunciaba esas palabras. La melodía parecía tener voz a su vez, diciendo con un sonido tintineante y agudo apenas audible “yo leo tu mente, tú escuchas mis palabras…”
“Yo quiero estar contigo”, dibujó mi boca. Sabía que podía entenderme. “Siempre lo quise. Pero tú no deseas estar conmigo” No pretendía afirmar la última frase, pero algo hizo que las palabras escaparan de entre mis labios, aunque ni siquiera comprendía por qué estaba tan segura de algo así. “¿Acaso anhelas mi compañía?”
De repente una luz muy brillante, procedente de las llamas de varias velas que ardían con fuerza a pesar del agua arremolinándose sobre ellas, iluminó una cripta a unos pocos pasos de donde estábamos, y la bandada de mariposas con la que me topé hacía un tiempo (no sabía exactamente cuánto), se introdujo por la rendija que dejaba la puerta entreabierta, (“deja a las mariposas llorar, déjalas llorar por ti…”)
Y yo, sin saber por qué, fui detrás. Lentamente, como si desease entrar, pero a la vez me resistiese. “Entra, y pronto podrás verme…”
Un olor extraño, acariciante y agradable, llegó hasta mí (por fin un aroma, no había percibido ninguno desde que me adentré en el agua y dejé de apreciar tu olor…) Una duda traspasó mi alma de pronto… “¿por qué ya no estoy preocupada por ti?”; pero el titubeo se desvaneció entre las gotas de agua, como una pequeña llamita sin fuerzas para brillar.
Alcancé la puerta, la abrí más, hasta casi la mitad, y eché un vistazo dentro. Se distinguía una luz gris, gris muy claro, como de un hermoso día nublado, pero luminoso, sin que el sol asomase por entre las nubes rompiendo la magia. Sabía que allí dentro si que no podría respirar, que iba a morir si me encerraba allí con aquel extraño ser, (¿por qué iba a confiar en él?). Puse un pie más allá del umbral de la losa de piedra que conformaba la puerta, y note su mano introducirse en la mía. Su tacto seguía siendo volátil, sin embargo parecía un tanto más consistente. Las piezas de su cara parecían comenzar a caer, empezando a dejarme vislumbrar un resplandor verde en sus ojos, (tremendamente similar al de los tuyos, solo que más brillante, más presente), y una tenue sonrisa en su boca –triste, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
Fue en ese instante, cuando me di cuenta de que no importaba el aire, no importaba el agua, ni la luz ni la oscuridad, ni la vida ni la muerte, no importaba nada, si él iluminaba mi mundo privado con su sonrisa.
Y entonces entré, y la puerta se cerró tras de mí.
“Como si pudieses elegir la lluvia que te va a calar hasta los huesos después de un concierto… “
Dejas correr la sangre, fingiendo considerablemente bien fría indiferencia. Pero de reojo te veo bajar los parpados y dejar salir todo el aire lentamente por tu nariz. Siento los latidos de tu corazón bajo mi piel, como un golpetear constante e insistente, pero que no quiere gritar demasiado. ¿Quién dijo que la eternidad era inalcanzable? La suave luz ilumina tenuemente tu rostro, haciéndolo parecer frágil, brillante, y me pregunto qué aspecto tendrá tu alma… No tengo bastante fuerza para abrazarte como quisiera, pero me conformo con apretujarme contra ti, como una niña perdida protegida por una muralla –de la cual a su vez intenta cuidar. ¿Me dejas cuidarte? Sería feliz pudiendo hacer desaparecer todo a tu alrededor, hacer que olvides lo que significa el dolor. Preguntas contrarias vagan sin rumbo por mi cabeza mientras observo el caos organizado a nuestro alrededor. ¿Qué más podría necesitar? Sería capaz de estar aquí tumbada el resto de mi vida; tengo todo lo que necesito, todo lo que me inspira.
-Te odio por no dejarme pensar en otra cosa que no sea tu boca-
lunes, 16 de mayo de 2011
No es...
No eres tú, no es la gente, no es el ambiente, y puede que ni siquiera sea yo. O quizá si seas tú. O sea yo. O puede que sea todo a la vez. El caso, es que ahí está.
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