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viernes, 15 de agosto de 2014

Sobre mojado.

Hemos roto
todas las baldosas amarillas que llevaban a nuestro jardín (secreto);
a casa.
Hemos arañado cada mililítro de piel suave y dañada,
hecha río, y océano dulce. Con ganas de ahogar.
De hogar.
Y yo, que no me imaginaba volviendo a escribir sobre mojado.
En un tiempo
-quizá algún compás más-
diremos que no fuimos nosotros.

martes, 25 de marzo de 2014

Lo bonito de los trenes de larga distancia, es que a veces son barcos pirata.

Y pensar que hace ya un año del Círculo Polar. 
De cuando aprendimos la nieve, y Aurora nos enseñó a llorar de colores y no tanto en blanco y negro. 
Hace ya un año que me caí de la casi cima del mundo. 
Un año desde que cualquier norte es menos norte, y el hielo ni cubre ni apaga incendios.
Medias tintas,
pero siempre un poco más
de frío
cuando no estamos,
para que hasta el último verso arañe la piel con escarcha.








domingo, 2 de febrero de 2014

Abismos con sabor a sucedáneo.


Se os caen los versos de plástico, 
que hablan de quemar con cigarros calendarios y relojes
en vuestros cuadernos planeados. 
Me dan ganas de vomitar vuestras borracheras excesivas 
de “mira, cariño, bebo como un pirata, tienes que quererme”. 
Vuestros pies descalzos que no sienten la carretera, 
vuestra ansiedad calmada, 
vuestros suicidios de niña cuerda asegurada al puente. 
Ese tono de ensayo frente al espejo aunque diga que no soporto mi reflejo,
las rimas,
los puntos bruscos separando palabras que decís aunque no os digan nada…
los puntos suspensivos. 
Las ganas de libertad falsificada, la solidaridad por ver si me ligo al de la pancarta.  
Las lágrimas de cocodrilo, aunque esto ya no vaya de cuentos
ni princesas. 
Ahora somos putas de poema. 
Y es que no sangráis las letras, las escribís;
con premeditación y alevosía, os lo aseguro. 
No somos más que palabras limitadas en bucle;
círculos viciados. 
Pero habláis de adicción desde la costumbre
y de doler,  sabiendo que no sabemos. 
Vamos a beber vino, a meter un libro decorativo en el bolso, 
y a llenar los bares de poesía; en venta, a juego con los cuerpos. 
-Mencióname a "Buckowski" y es todo tuyo. 
Qué pena, las penas de fotocopiadora. 
Qué desastre las páginas ordenadas, sin arañazos en los márgenes
que sean caos sin hablar de él.  
Tranquilos, que si me veis llorar os dejaré
 pensar que es con vosotros
y no por vosotros; 
y aún más
por la literatura. 


                  A la mierda. 


sábado, 28 de diciembre de 2013

Y qué más da si todo está bien y mal. Me vuelvo diacrítica entre el cielo de tu boca y el infierno de tus ojos. Canibalismo inherente de un quizá. Y qué sabremos nosotros de signos de puntuación.

Puntos suspensivos que duran una caída.

Tirar mis cenizas a un charco; echarle el humo a las luces, y la culpa a quién. Que la lluvia sabe de lo que hablo cuando digo que Equilibrio se queda bajo, y me tira al suelo a ver si siento. Pero caigo en césped, claro. La suerte de doble filo del suicida. En fin... Tormentas que duran un cigarro.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Contra mí (caos).

Se me ha caído un botón del abrigo, Diciembre. Y me miro al espejo, como si el frío (no) fuese yo.
Lo peor es que me devuelve la mirada; claro, los abismos, me olvidaba. Pero no pasa nada, me olvido a menudo.
Mastica los versos de cristal, hasta que sean (des)trozos lo bastante pequeños como para no poder volver a pegarlos. Y trágatelos, con el humo de las ojeras anónimas. Que se confundan en las tripas con mariposas ensangrentadas, a ver si cuela, corazón colador. Bombea la explosión –transversal, a ser posible.- Que te desgarre la garganta como el grito que escondes en la grieta de una costilla.
Veinticuatro costillas.
              Horas.
                        Escaleras.
                                   Pero de caracol, que
                                   duelen más.
Doler. Ojalá supiese cómo. O el qué.
Ya hemos vuelto a las clavículas sin alma, pero armadas de interrogación astillada. Y respuestas sin pregunta al otro lado del oído.
No me mires, por favor, que tienes los ojos co-afilados con la boca.
No te guardes el silencio; escúpemelo.
No me amputes los finales, puta, que los necesito para no respirar.
Ya no sé ni lo que escribo.
Succiona las cuentas de los ojos, a ver si restamos humedad.
Las fechas, las flechas. Lame el cuchillo, corta la sal(iva)____la salida.
 Aprende las cerillas. Cenizas.
Sólo sé cerrar los ojos y abrir fuego. Que para disparar contra mí, basta con que mire la del espejo.

                                                                                                        -Telón, y final de punto suspendido-.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Poesías en aislamiento prevenido.

Su mano. Mi piel. Ni siquiera me había desabrochado el vestido.
Sentí arcos de impulsos. Me recorrió las vértebras-vértices azules (hasta el silencio).
Vacíos y abismos de punta.
Paró un segundo-eternidad y cogió el bolígrafo. Arrastró pedazos de (sin)sentidos negros y efímeros, y cerré los ojos para imaginar los microorgasmos que me dejaría escritos en la nu(n)ca, como pequeños mordisquitos de promesas por incumplir.
 Después vinieron los mordiscos de verdad.
Y allí estaba yo, sin el resto del mundo, viviendo una poesía en aislamiento prevenido, en los bajos fondos del autobús (o de mis ojos [o de los tuyos]).
Voy a mancharte las medias de pintalabios, vida, que quiero dejar marcas, y hoy todo me sabe a poema.
No sé en qué olor guardar este recuerdo, pero me "sobran" ganas, letras, y acordes. Y algunos tironcitos de pelo.
Mientras, Cheshire con la boca llena, nos sonríe por la ventana; y yo ni levanto la cabeza.

martes, 26 de noviembre de 2013

Últimamente confundo mucho la necesidad de escribir, con las ganas de leer.
La necesidad de un café con las ganas de un cigarro.
La necesidad de un vaso de agua (ese, único e inigualable, que siempre nos parece que está a rebosar), con las ganas de otra cerveza.
-O viceversa-.

Los versos pecera, con los versos mar.
La necesidad de follarte, con las ganas de quererte (que, como todo el mundo sabe, "es otra forma de querer"; pero no basta, y hago mucho ruido para oír lo que me falta).
-Y a esto no hay quien le de la vuelta. De hoja. De ojalá. O sí, porque pierdes el mechero todo el tiempo, pero al final lo encuentras (o lo encuentro)-

Hasta que me de por admitir (otra vez) que da lo mismo.
Pero por el momento, ojitos antireloj, voy a pedirte cinco minutos más.
Y otra poesía.

martes, 19 de noviembre de 2013

Cosa vieja que andaba por ahí olvidada.

Por aquellos días en los que la ignorancia ayudaba a mantener realmente intacta la inocencia, y hacía que fuese tan sencillo escapar de los miedos como escuchar un poema o una canción, o refugiarse en la siempre tranquilizadora voz que los recitaba. 
Hoy escribo esto para agradecerle a tu voz ser capaz de recordarme cómo era esa sensación. Por aquella época sencilla de días felices; por estar a salvo otra vez de mis miedos nocturnos, como lo estuvo aquella niña. Dulces pesadillas.
“Tragasueños, Tragasueños, ven con tu cuchillo de madera, y tu tenedor de cristal. Trágate los malos sueños que de noche me dan miedo. Si así lo haces, Tragasueños, serás mi invitado; el invitado de honor.”
-(Y, por supuesto, un recuerdo especial a la persona que me recitaba cada noche esto antes de dormir, y lo introdujo en mi memoria para siempre.)-

lunes, 11 de noviembre de 2013

Aunque a veces no me alcanzo y. Joder, me echo de menos.

Puedo intentar huir de mí, de mis horas de más,
pero siempre me persigo.
Ya no vale el humo que sale de tu boca
con el cigarro de después del abismo.
Ya no sirven los charcos, los trucos de escapismo,
ni intentar dar vueltas 
con más grados que lo que bebimos ayer.
Y es que me he quemado con la tinta
hasta ser ceniza de mis propios labios.
“Hecha de viento en vez de carne”,
cualquier excusa es válida, si suena a mis vicios.
Porque vamos a utilizar el “egocentrismo
como forma de erotismo”,
y admitir que mejor mis ruinas que la nada.
(Por cierto, gracias; gracias por la nada. -Nótese la ironía).
Así que si el golpe retumba por todo el cuerpo
-porque, al fin y al cabo, está hueco-,
yo
me escribo.

De cuando se pone el sol de cada farola.

Lo bonito que es idealizar hasta los huesos
en un banco de Cibeles
llenándonos de besos
y de lluvia
y de vapor de invernadero,
mientras sale el sol y arranca el metro.
Aunque después de la siesta
ya no sea lo que era hace unas horas,
cuando era más otoño,
y había un portal en cada acera.

sábado, 28 de septiembre de 2013

"Donde solía haber metal".

Porque todo lo hacemos sangrando, aunque ya no sepamos cortar. Aunque ya no sepamos si estático o en llamas. Aunque ya no sepamos a mar.
El hambre de vértigo, que no nos tiembla, sin encontrar la emoción perfecta, la postura. Y los mordiscos buscando la afinación. Las (de)cadencias adecuadas. Un revoltijo de carne y ecos, y grietas, y vacíos llenos de luz, que son más míos a tientas.
El vaho se nos hace cuesta arriba, y la caricia es tan rápida que levanta la piel, mientras la lengua se convierte en una oración sin fe que suplica que no se lleve también las letras.
Y nos descosemos, y nos quedamos sin aire en un barco que no es de nadie. Ya no llevamos sombrero.
Pero somos capaces de seguir bailando; o incapaces de parar. Y no sé qué más queréis.
Pero yo también.


lunes, 8 de julio de 2013

Improvisación de turno.

Como esas lucecitas de pared. Tan pequeñitas, tan tenues; escondidas en sus pétalos artificiales sesgados de arañazos. Pero brillando. Tan diminuta y dulce que calienta el papel antes de regarlo de palabras, tan torcidas como su sonrisa un domingo. Casi a oscuras. Resguardada en los rincones donde se ocultaría una tela de araña.
Qué bonita cuando inspira. Y cuando suspira ya ni os cuento.
Parpadea, como quien airea secretos sin que de tiempo a (des)dibujarlos.
A veces se funde, y se pierde en el muro pintado de promesas rotas por hacer. Pero descansa y vuelve a explotar, tan cálida que convierte el humo del té en niebla que mira y no deja mirar. Que quiere.
Arráncale destellos a mis ojos, a mis labios, que siempre buscan quemarse en tus nubes manchadas de sal. Estrellita de neón. Duéleme, que te quiero tal y como hieres, tan incandescente. Tal y como suenas las noches que te toco y no te desvaneces, ni te desintegras. Ni te vuelves fugaz entre corrientes de aire, dejando al deseo perdido en medio de nunca.
El titilar de una supernova indecisa, con dotes de escapismo cada vez que cierra los ojos y se ve.
Cómo se echa de menos a sí misma. Cuando tiembla de más, o cae de menos. Cuando salta sin vértigo en zigzag entre los dedos.
Infinito púrpura que termina en el penúltimo vértice, en la última costilla.
Una luz diacrítica por encima de la clavícula. Escotofobica creando sombras irónicas que caen y atraviesan el cristal. Transversal, agrietando, pero sin romper. Y qué catástrofe, porque cómo arreglar lo que está entero.
Como si quisiera recomponer.
A veces vale con acariciar el suelo, pero de la mano.
Comparable a las luces de ciudad. Igual de afilada, pero más comedida. Te gusta dejar espacio a la Luna. Poder fingir que no sabes que brillas.
Baila como el fuego, pero quema más alto. Derrite más abajo. Espera hecha cenizas, y renace descosida de retazos.
Habla de abismos, cuando es su ombligo. Habla de ganas, cuando es su cama.
Escuece cada mañana cuando se escapa a ser noche cerrada.

Y se apaga, cansada de pupilas agujero negro que no saben ver la nada.

 PS: Y los desastres también tienen derecho.

domingo, 7 de julio de 2013

Cosa desordenada.

A estas horas de la madrugada, bragas de encaje, y una tetera llena de suspiros con sabor a canela. 
Cualquiera diría que te estoy esperando. Como si no te conociese. O peor; como si te conociese.
Míranos. Tan tarde y sonriendo. Drenando tinta, fingiendo plurales.
Y es que es tan bonito esperar con el pelo revuelto y mi mejor vestido, sentada en el barro, que cuando llegas, qué.
Cuando llegas tengo los ojos abiertos. 
Y da igual que no tengas tiempo, ni nombre. Te tumbas en mi cama, y deshacemos las estrellas, porque hay bocas con cielos vacíos buscando lunas llenas. Pero todos a medias, y claro. 
Tu espalda demasiado dulce para ordenarla. Y la habitación, que sigue oliendo a flores. 
Me miro los pies descalzos, y recuerdo que la última vez que me acordé de olvidarte tenía los zapatos puestos.
Bailamos semáforos en rojo, con la sonrisa sádica de quien vuelve a los lugares donde fue infinito. Donde nunca hemos estado todavía. 
Nos miramos directamente, hasta que se nos quede marcado en la memoria un arañazo, para cuando nos conozcamos poder reconocernos. 
Después de algunos pedacitos afilados y varias tazas de té, ya sólo nos quedará cerrar los ojos. Y a sobrevivir que venga otro.
Porque después de sus piernas hasta el abismo necesita un cigarrillo.

sábado, 29 de junio de 2013

En el fondo del colchón.

Los dos lados de la cama.
Él siempre dormía en el lado de fuera. Ella en el de dentro.
Eso dejaba las cosas muy claras.
Él tenía la huida fácil, preparado para salir corriendo sin el menor obstáculo, con la libertad al lado. Ella, atrapada entre su espalda y la pared, sin más opción que acurrucarse al calor de un mes de invierno con olor a piscina.
Aunque claro.
Él se marchaba sin hacer ni un ruido, sin rozarla, y ella podía seguir durmiendo plácidamente, sin siquiera enterarse de su ausencia. Ella tenía que pasar por encima de él, tocarle, aplastarle; dolerle, probablemente.
Las sábanas un tablero ordenado de contradicciones, de pérdidas gananciales. Pero en el epicentro, una línea desgastada mezclaba el lado oculto con el sol. Cuerpos en contacto estático, imantado. Los dos lados de la cama eran el mismo.

En el fondo del colchón, daba igual pared o abismo; dormían juntos.

domingo, 23 de junio de 2013

Sin estar ni (a)parecer (¿?)

Somos el suspiro número veinticuatro. Somos el intento de algo bonito que se rompe con el último pedazo. Somos una llamada perdida. Somos como el envase vacío que alguien vuelve a dejar en el armario. Somos una carta sin destinatario. Somos un libro sin epílogo. Somos un punto suspensivo esperando los dos agujeros negros a deber. Somos las latas del rincón que sólo sirven de poesía. Somos el polvo al que todo vuelve, pero nadie echa de menos. Somos un grillo en una noche de verano en la que todos hacen ruido. Somos la estrella fugaz no tan fugaz que alguien se pierde, y el deseo guardado en un cajón con calcetines desparejados y monstruos perdidos.

Somos, o eso queremos creer.

Egoísmo de universo concentrado.

Estas noches sola, en las que todo es mío. Esta música que sólo estoy escuchando yo; conciertos de interior. Esta risa sin cómplice que rompe el silencio de nadie. Este alcohol que escuece sin nombre, y se ahoga en el humo de un cigarrillo en labios de quien no suele fumar. Bukowski, que esta noche me tiene de amante, compartiendo mis ojos con relatos de Poe, hasta que mis párpados no quieran más. Copas de vino (y se fue) que se estrellan en francés; por leer a Baudelaire a estas horas.  Mi alfombra, que cada par de horas me invita a la última cerveza –quién sabe con qué propósito, si ya me ha visto descalza-. Luces tenues que creen iluminar a Marilyn posando para Warhol, mientras mi gato me observa aburrido. Paredes que ya se saborean los versos que tienen escritos, de memoria y de repente. Fresas (y frases) con azúcar, porque es verano y está la ventana abierta.

Y al final “je ne t’aime plus, mon amour”, porque pa’ qué. Con lo bien que sienta este egoísmo de universo concentrado, estos acordes sin dedicatoria, y este escalofrío que no recuerda a nadie. 

Improvisación de pompa de jabón.

“Los últimos días del año équis”, los llamaba. A cada paso; daba igual hacia delante o hacia atrás. Todos se titulaban "Epílogo", todos llevaban a su habitación.
Algunos pasaban por el jardín, otros buscaban el giro en países que se salían del mapa. Incluso buscó barcos hundidos cerca del asteroide B612.
Pero es que no sabe dibujar, y las olas terminan en resaca y en adiós, siendo ella la Luna que arranca mareas crónicas inexplicables.
“¿Cómo sobrevivo a esta cerveza?”
Veinticuatro suspiros ,-uno por costilla-, y nadie que los acaricie. Así pasa, que latimos en anacrusa, y nos perdemos el golpe de gracia por tener los ojos abiertos.
“¿Pero qué te esperas, con ese cuaderno de hojas grises sin líneas, y páginas con los márgenes revueltos?”.
Sí… para qué pasar, pudiendo emborronar. Sino, siempre le queda la noche descubierta, con sus complejos de pirómana. Y resulta que el papel arde de maravilla.
Y ahí estaba, planteándose el hecho de que el agujero negro que ocupaba aquel taburete lejano, no era un “echar de menos”, sino sólo la búsqueda de una inspiración más barata que un billete de avión. “Y no es justo”, claro.
Al fin y al cabo era absurdo, porque ella ni siquiera quería escribir sobre tejados mojados, camas vacías, y olores nostálgicos. Quería normas nuevas para un mundo, plano quizá, con aventuras de piratas que no fuesen piratas, lluvia que cae hacia arriba, y frases irónicas.
Pero, ¿y las musas? Esas si que estaban lejos, y en búsqueda y captura (sí, imaginad uno de esos carteles que salen en las paredes de los bares de cualquier Western). Esas si que le hacían falta.
Qué desesperante. Ni siquiera las baldosas ponen de su parte. Al menos sus botas están rotas; eso siempre ayuda.
“¿Bailamos?”, le pregunta una farola. Parecía un poco tocada. “La gente se va sin despedirse, Farola. Pero, qué se puede esperar, si se quedan sin quedarse. Quiero decir, que deberías irte  casa. Ya bailamos otra noche”. Cómo brillaba.
Estos puntos, estos mordiscos sin razón y consentidos, son sólo una excusa para gastar tinta. Y es que no somos más que adictos a los arañazos húmedos y negros, que nos dejan las huellas dactilares listas para ser importantes un segundo y medio.
Hasta que todo se seca, y se arruga. Y terminamos en la papelera, con “Epílogo” escrito en grande. Tachado.
Y más abajo “improvisación de pompa de jabón”.
Y más abajo “Insustancial”.
Y más abajo “como un adiós”.
Y más abajo “Borrador”.

Y más abajo. 

martes, 28 de mayo de 2013

Aferrarse a una improvisación ardiendo (o de cuando Inspiración se esconde de mí).

Como cuando las cenizas queman, pero el fuego está apagado.
Me fallan los ojos. Como si el frío despeinase las pestañas y vaciase las cuencas.
Me fallan las piernas. Como si tener un rumbo fijo hablase de cornisas sin vértigo, pero igualmente suicidas. Involuntarias.
Me fallan las manos. Como si el temblor de las páginas de un libro se hubiese pegado a mi piel.
Me fallan las cuerdas vocales, como si supieran del equilibrio y sonrieran sin piedad alguna.
Pero lo peor. Me fallan las letras. Como si me las hubiesen amputado las ganas atadas a la cama. Como si no supiese qué falla, y no pudiese arañarlo en el papel. Como la tinta hirviendo en las venas, pero sin llegar a desangrar.
Me fallo. Otra vez. (Dis)continuamente.
Por eso me río. Me río cada vez que haces una mueca triste, porque no sabes qué has hecho mal, ni cómo me has herido.
Como si fueses capaz de hacerme ni la mitad de daño que me hago yo misma.
Como si alguna vez hubiese(s) sabido mantenerme respirando.

sábado, 25 de mayo de 2013

Improvisación desde donde la música araña. (Tal cual quede).

Llevo todo el día con una camiseta ancha, bragas de encaje, y tacones de unos trece o quince centímetros.
He jugando con el gato, y a la Nintendo. He comido comida china, y helado con montones de sirope. He lanzado canicas por todo el salón. He destrozado canciones de Regina Spektor al piano. He bailado encima de la mesa con un botellín de cerveza por micrófono. He deshecho una caja de porexpan. He hecho pompas y las he pintado con humo. He leído un par de capítulos de un libro de Terry Pratchet utilizando una copa como lupa. He escrito con la pluma, llenándome de tinta, y sin tirar el tintero; sobre el vacío y sobre imanes,sobre traiciones y sobre nostalgias que se creen que echan de menos. La pared me ha dicho que se siente sola. Y la ducha. He hecho magdalenas. Le he pintado flores a un mueble. He encendido todas las velas de la casa.
Me he puesto una blusa, botones incluidos, y me he quedado descalza.
               De repente estoy romántica.
No necesariamente en este (des)orden.

Curádmelo.
O no.